Por Dario Hernán Irigaray
Director Vaca Muerta News
Neuquén se muestra hacia afuera como una provincia próspera, estratégica, llamada a liderar el futuro energético de la Argentina. Vaca Muerta aparece como la explicación de todo: inversiones millonarias, empleo, desarrollo, expansión sostenida. Sin embargo, a pocos minutos del centro administrativo y político, existe una realidad que desarma ese relato. No es una excepción ni una postal aislada. Es una escena cotidiana, persistente, estructural, que convive sin pudor con los millones que ingresan a las arcas públicas todos los días.
La investigación publicada por un medio nacional expuso con crudeza lo que en Neuquén muchos prefieren no ver. Familias enteras viviendo de lo que otros descartan. Niños que desayunan, almuerzan o cenan alimentos vencidos rescatados de bolsas rotas. Chicos que crecen entre humo tóxico, vidrios, jeringas y restos hospitalarios. Un basural a cielo abierto convertido en sostén económico, comedor improvisado y fuente de materiales para levantar casas precarias. Todo esto ocurre en la capital de una de las provincias con mayor ingreso per cápita del país.
La contradicción es difícil de explicar y todavía más de justificar. Neuquén no es una provincia sin recursos. Recauda millones en regalías hidrocarburíferas, suma impuestos provinciales elevados y tasas municipales que, en muchos casos, superan ampliamente a las de otras jurisdicciones. Ingresos brutos altos, licencias comerciales exorbitantes, costos de habilitación que asfixian al sector privado, energía eléctrica más cara que en provincias con menor generación propia. El esfuerzo se exige, la recaudación crece, pero el resultado no llega a todos.
Los datos oficiales son contundentes. Alrededor del 27% de los neuquinos vive bajo la línea de la pobreza. No es un número marginal ni un desliz estadístico. Es una señal de alarma para una provincia que se presenta como modelo de crecimiento. Detrás de ese porcentaje hay historias concretas, nombres, chicos que naturalizan el hambre y la precariedad como parte de su infancia. Hay barrios enteros sin gas, sin cloacas, sin agua potable, levantados a metros de un basural que funciona como única posibilidad de subsistencia.
La pobreza no se limita a la falta de ingresos. Es una forma de vivir. Un niño que crece expuesto a un basural se enferma más, abandona antes la escuela, respira aire contaminado y convive con riesgos permanentes. Cuando la urgencia es comer, todo lo demás queda relegado. La educación, la salud, el juego, la intimidad, los derechos básicos pasan a un segundo plano frente a la necesidad inmediata de sobrevivir.
En este escenario, el rol del Estado resulta imposible de eludir. Las responsabilidades se diluyen entre niveles de gobierno. Desde la Nación se señala a las provincias. Desde la Provincia se evita dar definiciones claras. El municipio reconoce que no hay estadísticas precisas. Nadie parece asumir el problema de manera integral. Mientras tanto, los chicos siguen yendo al basural, los camiones descargan residuos sin controles adecuados y el humo sigue cubriendo barrios enteros cuando el viento sopla desde la meseta.
A la ausencia de políticas sostenidas se suma otro problema igual de grave: el silencio. En Neuquén, esta realidad no es nueva ni desconocida. Se ve, se huele, se comenta en voz baja. Sin embargo, rara vez ocupa el centro de la agenda pública. Los grandes medios locales miran para otro lado. La pauta oficial funciona como disciplinador. Se celebra el crecimiento, se anuncian obras, se destacan inversiones, pero se omite el costo humano de un modelo que deja a miles afuera.
Que tenga que ser un medio nacional el que muestre esta postal debería interpelar a toda la dirigencia neuquina. No por una cuestión de imagen, sino de honestidad. Porque no se puede construir un futuro sólido sobre una base de exclusión tan evidente. No se puede hablar de desarrollo mientras hay niños que comen de la basura a pocos kilómetros de donde se firman contratos millonarios.
Vaca Muerta no puede ser una coartada. El boom energético no justifica la naturalización de la pobreza extrema. Al contrario, debería ser la oportunidad histórica para erradicarla. Neuquén tiene recursos, empresas, conocimiento técnico y capacidad de gestión. Lo que falta es decisión política para priorizar a quienes no tienen voz ni lobby, para intervenir donde no hay rédito electoral inmediato, para asumir que el crecimiento sin inclusión es una forma de fracaso.
La discusión no es ideológica, es ética. No se trata de estar a favor o en contra del desarrollo energético, sino de preguntarse qué tipo de provincia se está construyendo. Una que recauda, cobra, exige y exhibe cifras récord, pero tolera que cientos de familias sobrevivan de la basura, es una provincia que falló en lo esencial.
La riqueza de un territorio no se mide solo en dólares que ingresan por regalías o en estadísticas macroeconómicas. Se mide en la calidad de vida de su gente, en la protección de su infancia, en la capacidad de garantizar derechos básicos. Mientras haya chicos hurgando entre residuos para poder comer, cualquier discurso de prosperidad suena vacío.
El contraste brutal entre Vaca Muerta y la pobreza extrema no es una anécdota incómoda ni un problema ajeno. Es una deuda moral, social y política que Neuquén sigue postergando. Y cada día que pasa sin respuestas, ese contraste se vuelve más evidente, más cruel y más difícil de ocultar.
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